domingo, 12 de enero de 2014

Cuidando en cuerpo y alma: El reingreso

Esta entrada no va enfocada directamente a la atención infanto-juvenil, pero sí a los profesionales de la Salud.
Diferentes Blogs amigos están debatiendo estos días sobre la Esencia y Profesionalidad, especialmente de la Enfermería.  (Juan F. Hernández en “Del silencio a la palabra” ; La Comisión Gestora “Donde no hay sangre, no hay morcilla” ; Nuestra Enfermería “El tarro de las decencias”).

Tras 15 años de experiencia, no solo en las Trincheras, sino también en la Gestión y Docencia, puedo decir que estoy de acuerdo en la necesidad del análisis crítico y autocrítico en la profesión. Hay cierto pasotismo, falta de cohesión y, quizás, poca consciencia de la importancia y responsabilidad de nuestro trabajo.  Pero muchas otras veces también me encuentro con personas "cuidando en cuerpo y alma".

Hay mucho por hacer, por mejorar, por analizar y por superar.  Mi opinión al respecto intentaré expresarla en alguna entrada posterior, pero quería dejar aquí un “escrito” que me publicaron hace   unos años donde, sin pretenderlo inicialmente, dejé expuesto todo lo que un profesional, un buen profesional, que habemos muchos, puede además sentir y experimentar en el día a día de su trabajo. 


EL REINGRESO

Cuando mi compañera del turno de la mañana pronunció su nombre mi corazón se aceleró.  Ya me advertía de que lo conocía, como si supiera y entendiera lo que eso me iba a suponer.  Como en otras ocasiones en las que el paciente era conocido dijo su nombre y apellidos, intentando así que la imagen de su rostro apareciera en mi mente.  Y así fue.

Rápidamente recordé su cara y la de su esposa.  Recordé su sonrisa maliciosa tras esos cínicos chistes que solían enmascarar la preocupación que tenía la enfermedad terminal que padecía.  Recordé la multitud de ingresos que había tenido por las complicaciones del tratamiento: fiebre, mucositis, diarreas; incluso alguna vez ingresó únicamente para el tratamiento en sí.  
Un señor autónomo, lleno de vida y, sobretodo, queriendo llenar toda la vida que le quedase.  Como se suele decir “el roce hace el cariño”, así que ese debía ser uno de los motivos por los que sentía “algo especial” por ese paciente y su familia.  Sería su actitud colaboradora, o sus ganas de vivir que te contagiaban, o su humor negro que tanto se parecía al mío, o… no lo sé.  Lo que fuera había hecho que ese fuera uno de los pacientes “que te llegan” más que otros, algo que nos ocurre a todos los profesionales de la salud.  No es favoritismo ni nada de eso, sino que hay gente con la que conectas más que con otra.  Y este señor era uno de ellos.

Y claro que mi corazón latía rápidamente: éste no era un reingreso cualquiera.  Mientras escuchaba el parte de la compañera sólo podía relacionar aquellas palabras a un pronóstico infausto.  “Desorientado, caquéctico, astenia severa, incontinencia de esfínteres, disnea, dolor inespecífico…” se entrelazaban en mi cabeza.  Una a una quizás no decían nada en específico pero todas juntas unidas al ya de por sí grave diagnóstico que tenía no hacía presagiar nada bueno.  Tantas otras veces había ocurrido lo mismo: ser observador de primera de cómo esa enfermedad avanza de un día para otro de forma galopante en nuestros pacientes.

Todo el impacto de saber de su reingreso iba unido al miedo de ser su enfermero responsable. ¿El porqué? Seguramente miedo a no poder mantener esa muralla que nos creamos para que no se desaten esas emociones que todos llevamos dentro  y no queremos que nos desborden.  Esa idea de que la profesionalidad no va junto a una lágrima o muestra de afecto no la comparto.  El no querer que te afecten esas situaciones “más de la cuenta” es algo inconsciente a cada uno de nosotros.  Pero trabajando día a día con enfermos oncológicos eso es difícil.  Por lo que (y tampoco tenía otra opción) mantendría el tipo mientras pudiera, cuidando, como siempre, al cien por cien a este enfermo y su cuidadora.

Y seguí con mi rutina habitual.  Saludé al resto de compañeros, quizás de una forma más fría de lo normal.  En aquel “control de enfermería” éramos unas siete personas, pero yo tenía la sensación que estaba fuera de allí.  Oía las conversaciones, pero no las escuchaba.  Preparé la medicación de la tarde.  Ponía cada pastilla en su vaso, revisándolo minuciosamente, ya que sabía que mi mente estaba dispersa pensando en ese paciente y en cómo me lo encontraría.  “¿Qué le digo a su esposa?” y otras preguntas me retumbaban en mi cabeza.

Fui al pasillo donde estaban las habitaciones que tenía a mi cargo.  Era una tarde de septiembre, soleada, y esos rayos luminoso entraban por el ventanal alumbrando todas las paredes blancas.  Él estaba en la última habitación a la derecha, precisamente a la que debía dar más el Sol.  Curiosamente en esos momentos a mí me parecía la más gris y fría del pasillo, y eso que seguramente habría otros enfermos en la misma o peor situación que él en aquel pasillo.
Repartí la medicación.  Saludé a los pacientes ya conocidos y me presenté a los recién llegados.  Era algo que intentaba hacer siempre, pudiendo así evaluar el cambio de un día para otro de los enfermos y tener una rápida y amplia visión de los pacientes que no conocía.  Pero ni esta tarea consiguió distraerme lo suficiente como para quitarme de la cabeza el paciente de la habitación de al fondo a la derecha.

De forma casi excepcional estaba siendo un comienzo de turno tranquilo, sin las prisas habituales de las altas y los nuevos ingresos, por lo que el momento de entrar en aquella habitación había llegado.  Mi corazón volvió a acelerarse.  Piqué a la puerta, era algo que hacía siempre, supongo que porque me indignaba que en mi casa entraran en el lavabo sin antes picar.  Y entré.  Era una habitación individual, aunque el espacio podría ser para dos camas.  La habitación estaba iluminada, con la persiana levantada hasta arriba pero notaba frío en ella.  La cama quedaba a lo lejos, cerca de la ventana.  Su esposa estaba sentada en el sillón frente a su marido, dando la espalda a la puerta.  Tenía cogida su mano entre los barrotes de la barandilla sobre la cama.  Miré a la esposa, se giró hacia mí y me saludó cordialmente con la mirada, conteniendo las lágrimas en sus ojos hinchados y ojerosos, pero siempre manteniendo esa leve sonrisa.  En muchas ocasiones el humor de él era protegerla a ella  No quería que la lo viera flaquear, no quería que ella sufriera y por eso él iba a luchar todo lo posible, sin reconocer el miedo que a su vez aquella situación le daba.  Ella no tenía el mismo sentido del humor cínico que él, incluso alguna vez se escandalizó de las burradas que nos decía su marido.  Otras tantas veces reía sus chistes, para luego salir de la habitación con algún pretexto y desahogarse en medio de lágrimas con nosotros.  Sabía que esto iba a ocurrir, pero uno nunca está preparado para ello.  Toqué su brazo con mi  mano, intentado transmitir mi afecto y apoyo.

Di un paso hacia delante y llegué frente a él.  Me apoye en la barandilla de protección y lo miré.  Recordé su aspecto anterior: rapado pero siempre con su boina “estilo francés” como él decía.  Ahora había cambiado mucho: sin su boina se le veía su calva, había perdido peso que acentuaba las arrugas de su cara, se le marcaban las facciones de forma exagerada; su piel tenía un tono amarillento y se podía vislumbrar el pañal por debajo del camisón del hospital.  Lo llamé por su nombre.  Entonces abrió los ojos.  Me miró.  Seguía teniendo esos ojos negro oscuro que expresaban mucho más que su propia cara.  Sonrió.  Era su sonrisa maliciosa que otras veces había visto.  Mencionó mi nombre y me acercó su mano.  Eso era lo que más temía, lo que hacía que mi muralla fuera cayendo.  Pero no me importaba, ya había pasado otras veces.  Noté como mis ojos se humedecían, pero respiré hondo y apreté su mano, intentando dejar clara mi presencia sin decir nada.  

Mi corazón se tranquilizó.  Fueran o no sus últimos días, mi labor iba a ser que fueran lo más confortables posible, como tantas otras veces.  Su ironía seguía estando en aquella mirada, que a la vez nos daba las gracias por estar siempre ahí.

PUBLICADO EN:  Toro Pérez D. El reingreso. Index de Enfermería 2006; 54: 67


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